La poesía de Pino Ojeda: «si mi poesía pregunta, mi poesía contesta»*

Alejandro Coello Hernández

Es un atrevimiento adentrarse en la poesía de Pino Ojeda sin salir lleno de nieblas de sueños, de incertidumbres y de dudas irresolutas. Por eso, esta reflexión sobre su obra poética publicada es un acto de respeto, de visibilidad y de homenaje ante el primer centenario de su nacimiento. También es un intento de aportar una nueva visión sobre su particular hecho literario, con el fin de profundizar en su poesía y reivindicar una compilación de su obra -o al menos la publicación de sus inéditos- porque, al leerte, pino verde, «te alcanzo y te me escapas».

Ya expuestas las razones por las que escribir sobre la poesía ojediana, debemos de tratar de ubicarla en el panorama poético, pues cualquier acto literario nace de un contexto determinado en que intervienen diferentes factores que pueden influir en la poética de la autora. Como apuntó Ana María Fagundo (1995:13), «lo característico de la poesía femenina del siglo XX [...] es que las poetisas no suelen pertenecer ni a grupo poético, revista, colección de poesía o tertulia como parece ser lo común en la poesía masculina» y esta situación se acrecentó con la ruptura del apogeo cultural tras la Guerra Civil española. Así, observamos en el año 1947 la publicación en Canarias de dos libros con sensibilidades totalmente distintas: Antología Cercada, germen de la poesía social española -o así debería ser reivindicado-, y Niebla de sueño, primer poemario de Pino Ojeda, en que se expresa ya la particular voz de la poeta. Por cronología, Pino Ojeda debería ser incluida en esa promoción de la poesía social. Sin embargo, no presenta las características temáticas que así se han establecido. No podemos, tampoco, afirmar que la poeta viviese aislada de su época, pues su poesía se influencia del versículo y del tono discursivo y reivindicativo de la poesía social. Lo que realmente diferencia a Pino Ojeda del grupo al que cronológicamente pertenece es el acto literario que «se nutre de la vibración desgarrada que su experiencia personal transmite a la palabra» (Rodríguez Padrón, 1991:381) y, por eso, posee un tono nostálgico y dramático cercano al de la poesía de posguerra. Como apuntó Blanca Hernández Quintana (2008:171), «la poesía de Pino Ojeda se aleja de cualquier tipo de encasillamiento. Su forma de escribir, íntima y personal, nos revela la existencia de un complejo y rico mundo interior que sabe sobreponerse ante las adversidades y buscar la esencia de la vida en lo espiritual, en todo aquello que se aleja de lo terrenal». No obstante, si leemos la poesía ojediana, sentimos también la presencia de Juan Ramón Jiménez, Vicente Aleixandre, Pedro Salinas, entre otras voces poéticas que pintan el panorama literario de los primeros años franquistas y que nos permiten dilucidar las razones por las que la voz de Pino Ojeda se hace difícilmente clasificable.

 

La poesía de Pino Ojeda surge de un núcleo temático sobre el que vuelve constantemente con el fin de asirlo, de materializarlo: esto es, el amor. Se trata del amor que conjuga «vibración física con anhelo metafísico» (Jorge Padrón, 1992:52). Esto explica esa búsqueda incesante de Pino Ojeda. El amor lo encuentra en todas las cosas -en los labios, en las flores, en la piedras, en el mar, en Dios- y le genera un sinfín de sensaciones que ondulan desde el erotismo y la pasión hasta el desgarro profundo del alma. Este vaivén entre el concierto y el desconcierto, no obstante, se apoya en un tono sentencioso, lleno de convicción, de aceptación ante la desgracia y la angustia. La voz poética, aún muerta de dolor, no se quiebra y atisba la esperanza, aún sabiendo que es un imposible lo que se desea. Esta profundidad semántica se funde con el verso meditado, con una musicalidad y un lirismo en ocasiones magnífico y un acercamiento progresivo a la oralidad. Así, su poesía «se hace mucho más contenida, también menos explícita, al tiempo que gana en profundidad e interioridad, en intensidad» (Rodríguez Padrón, 1991:382). En su evolución poética, pasará de una poesía más transparente que encarna lo terreno a una poesía simbólica y mística en que se vuelven Uno el universo y la poeta. Surge así la palabra más sugeridora de Pino Ojeda.

 

Los perfiles de su poesía surgen en Niebla de sueño (1947), poemario en que encontramos sesenta y una composiciones de distinta calidad, en algunos casos excelsa. Como dato biográfico, surge este poemario ante la dramática experiencia de la pérdida de su marido en 1939 en la Guerra Civil y, a partir del poema «In memoriam», se genera el desgarro pasional de su primera obra en que el amor se mueve entre manos y labios que susurran la desgracia, el anhelo, el reproche... porque «vibra en el poemario casi una frenética obsesión en el amor como salvación, como único destino aunque comporte el riesgo de que también sea a la vez la destrucción» (Jorge Padrón, 1992:53) y esto nos permite ver esa capacidad que tiene la voz poética para moverse entre diferentes tonos. Diferentes tonos y diferentes interlocutores con los que el yo poético intenta interactuar. El yo poético pregunta, suplica, llora, ama, siempre en busca de respuestas que encuentra. Por eso, el poemario parece construido sobre un fundamento dialógico: el yo habla consigo mismo; el yo exhorta al tú o el yo y el tú se funden.

 

La primera persona se articula como el centro del que brotan los sentimientos y como recepción de los estímulos del mundo. El yo se ve forzado a expresarse en este poemario ante la fuerza del deseo por amar más allá de la muerte o del deseo por amar terrenamente. Por eso, insiste en que «¡quiero amor!», en que quiere situar la ausencia del amor en cualquiera de sus sentidos para ver, oler, escuchar, degustar, pero sobre todo tocar. Es por ello por lo que afirmamos que Niebla de sueño es el poemario más unido a lo terrenal, en especial a la geografía humana. Sin embargo, el yo es ante todo expresión de la destrucción y del dolor: «un velo de eterna melancolía cubre mi frente». Aún así, la visión vitalista de Pino Ojeda se superpone en otras composiciones en que aparece una reafirmación del nuevo ser que está en camino de crearse, una voluntad de ser de nuevo a pesar de todo:

 

Ha querido crujir el seco estío

en mis resecas fibras y aún soy yo.

Soy aún toda fuego no exitinguido

y en sus manos seré carne abrasada

[...] Y entonces... Seré amor. Seré la savia

que arome roja flor.

Y entonces, nacerá la primavera,

el cielo será azul y ribera,

principio del camino del amor.

 

Esa vorágine de sentimientos llevan a la voz poética a apostrofar continuamente. El yo busca un tú que le responda sus dudas, que le averigüe el camino porque «no quisiera saber de otro camino, / pues en él está mi vida, / que del quieto camino sin camino / que a ser tuya me lleve enardecida / resumiendo mi sino». El yo busca en su desconsolado llanto el destino que debe seguir, va en busca de nuevas vías que la ayuden a encontrar al ser ausente. Es normal entonces pensar que le reclama a Dios o al lector. Son «poemas exhortativos cuya palabra se hace oración para confesar la debilidad y la pequeñez de quien habla a aquel otro que ya se ha fundido con el cosmos, y cuya experiencia ya es, forzosamente, plenitud, identidad con el aire, la luz, los astros» (Rodríguez Padrón, 1991:392). El yo intenta atraer al oyente para que se le etregue: «¡Yo te daría tantas cosas / que la vida imperfecta no te ofrece!». Surge aquí la simbiosis de dos planos: el sufrimiento y la satisfacción. Es decir, lo que Jorge Rodríguez Padrón denominó el «erotismo doliente», un oxímoron que describe a la perfección los trazos ojedianos de este poemario en que se buscan los brazos y los besos del ser amado que está ausente. Aparece así una de las composiciones más logradas de Pino Ojeda que, bajo un alto lirismo, comienza con un erotismo que deviene en metafísica:

 

¡Cómo quisiera ser tus pequeñas cosas!

El aire que te roza y te acaricia.

El polvo que te sigue y se te posa.

El agua que desciende y te penetra.

La ropa que te cubre y te ausenta

la carne fuerte y olorosa.

El cuello que rodea tu garganta,

yo quisiera ser.

Y quisiera ser tus manos, tus pies.

Pisar donde pisas y tocar lo que tocas.

 

Ser color y sentarme en tus pupilas.

Ser agua y verterme en tu boca.

Ser luz y en las mañanas

abrir mis dos ventanas

para que a la vida tú te asomes.

¡Ay, cómo quisiera ser para ti la nada

y poderte ofrecer el más allá!

 

Es fundamental entonces entender que «el amor sexual, tierno, apasionado, ausente y presente, siempre reflejo de las experiencias personales de la poeta, se mezcla con la soledad y el ensueño» (de la Nuez, 1997:8) bajo un marcado erotismo que se refleja ya en el primer verso del pomeario: «Ven. Quiero que hoy me ames en este rincón quieto». Esta sustancia poética que despierta la sensorialidad con la que la poeta construye el poemario explica la importancia de la simbiosis que deben protagonizar el tú y el yo. Se trata de «la expresión de la realización profunda del acto amoroso: [...] la derivada de un contacto corporal y espiritual más permanente» (de la Nuez, 1997:6). La voz lírica quiere eternizarse con su amante, por eso comienza «la huida hacia lo absoluto, hacia lo eterno, hacia esa región donde los límites de espacio y tiempo se hayan borrado» (Rodríguez Padrón, 1991:386). Ya en este primer poemario se observa el misticismo de la unión amorosa que se acrecentará a lo largo de su obra poética bajo ese lema que escribió Juan de la Cruz: «Amada en el Amado transformada». Compuso numerosos poemas en que la amada se funde con el amado siguiendo la tradición mística hispánica:

 

[...] Uno solo, tu cuerpo y mi cuerpo ya son.

Una sola, tu alma y mi alma viviendo.

Solo una senda, solo un destino. Tú y yo,

por la ruta que conduce hacia el camino

de los siglos, que son horas y minutos,

para tu amor y mi amor que es infinito.

 

Asistimos entonces a la unión del tú y yo. Una unión imposible pero deseada. Esta contradicción continua lleva al afloramiento de oxímoros, antítesis y paradojas.

 

¡Quiero amor! Fuego y hielo, oro y plata,

luz y sombra, ¡pero quiero amor,

aunque me destruya amando!

 

O aparece esa negación de lo sabido. La voz lírica sabe que no volverá y, sin embargo, intenta mantener a su lado lo que ya se ha ido. Así, en esa confusión y esa negación, los sueños y la niebla se vuelven todo lo visible y el yo no puede avanzar más que por el mundo de los deseos nostálgicos de lo que nunca podrá ya ser otra vez:

 

Quiero, para no hacer morir

la ilusión que te forja,

soñarte imposible,

cada día más cerca,

y cada segundo ausente,

como un corazón

que latiera

oculto.

 

Adquiere una importancia capital este detenimiento en la primera obra de Pino Ojeda, pues a partir de las bases puestas en Niebla de sueño se (re)crea su obra posterior que sigue planteando diferentes preguntas a lo que siempre hay una misma respuesta: el amor. Así, se publica en 1954 Como el fruto en el árbol, Accésit del Premio Adonais el mismo año en que lo ganó Claudio Rodríguez con Don de la ebriedad. Esto nos sugiere ya el logrado estilo de la obra en la que se aprecia, aún más, una influencia de la poesía social. La voz lírica se vuelve más reivindicativa, reflexiona y protesta. Para ello, la poeta se vale del versículo, una intención más narrativa cercana a la oratoria con abundantes paralelismos, repeticiones, anáforas, que le permiten mantener ese ritmo propio del discurso oral. Los poemas, como apunta Jorge Padrón (1992:54), son «la manera de un constante oleaje [que] va extendiendo el manto de sus ondas con un tono letárgico y salmódico de sorprendente efecto». No obstante, este acercamiento estético a la poesía social no parece ser también un intento de buscar esos temas de España y su devenir. Pino Ojeda continúa con los temas del amor y del yo, ahora en una manera más monologal que se aleja del dialogismo de Niebla de sueño.

Ya en el título Pino Ojeda marca un nuevo camino de creación poética. El fruto, trasunto de sí misma, está en el concierto natural, en el árbol, símbolo de la tierra y la vida, y representa el ciclo vital: el árbol nace de la tierra y su fruto vuelve a ella. Vemos aquí ya ese panteísmo que se vuelve epifánico en La piedra sobre la colina (1964). Es así como se refleja una satisfacción que parece el principio de un nuevo tono en la poesía ojediana: «como una fruta madura sobre la inalcanzable sencillez de la tierra».

 

No obstante, en el tono vitalista de la poeta, que parece siempre garante de los deseos y la esperanza, se cuela la duda y la voz lírica reclama lo que sabe que nunca ocurrirá, aunque en el pensamiento y en el sueño todo es posible. Así se refleja en Niebla de sueño también y en el poema que abre la obra:

 

Te busqué por los sueños:

por los sueños, tú me estabas esperando.

 

Por esta razón, aparece el uso frecuente del incondicional o de las subordinadas adverbiales de tiempo, que es un mecanismo para crear el ucronos y el utopos del mundo de los sueños. La composición «Si las cosas hablaran» es un ejemplo de todas estas propuestas críticas que hemos planteado hasta ahora. En el concierto terrenal, si los seres inanimados puediesen hablar se cumpliría lo imposible: que regreses.

 

Ay, si el tiempo hablara en presente, ahora, en este momento,

todo lo que yo le voy diciendo al viento, a los pájaros, a los perros,

a la fría pared de mi cuarto.

Si el viento fuera mi amigo, fiel como mi sombra, amigo de mis sueños,

de mis sonrisas, de mis llantos, de mis mudas palabras, de mis íntimos

sollozos sin nombre,

de mi quieta, tranquila esperanza,

tú sabrías, cuando regreses con el alba, todo lo que he dicho,

todo lo que he gritado en estas horas,

en estas noches sin tus brazos, sin tus labios.

 

Pero las paredes ya han borrado todas las voces, y los pájaros

seguirán mañana afinando sus flautas.

Los perros aullarán a la luna y a las sombras más bajas, y nadie,

nadie podrá repetirte ya mis palabras.

 

Ya en los primeros versos aparece otra de las claves de este poemario y el siguiente: «si el tiempo hablara en presente». Va a predominar el uso del sustantivo y del verbo en presente que favorecen ese no tiempo y no espacio en que se desarrolla el dolor ojediano. Un dolor que, como acabamos de sentir, se escuda en una «esperanza ingenua», como dijo Jorge Rodríguez Padrón.

 

Este poemario supone un giro importante en la poética de Ojeda, pues con él comienza la experiencia poética. Como bien apuntó Rodríguez Padrón (1991:397), Pino Ojeda evoluciona como Juan Ramón Jiménez y su «experiencia, individual e histórica, se va transformando en experiencia del lenguaje, en experiencia poética». El camino hacia la experiencia poética, que culminará con El salmo del rocío (1993), comienza en Como el fruto en el árbol, en donde la poeta muestra preocupación por los nombres, que son la fundación de la existencia, pues, en palabras de Jorge Guillén, «están sobre la pátina de las cosas». Nombrar es, por tanto, significar. Por eso, expresa la voz poética: «tú eras un signo, un signo de ave / y nadie, nadie podría encontrarte». Encontrar el nombre es hallar el todo de lo que significa lo nombrado. Así, se refleja en «Esta noche no naceréis»:

 

No, no es dolor

No tiene nombre ni forma. No tiene sonido ni se parece a nada. No, a nadie.

No se dice su nombre por la calle, y nadie se vuelve a oírlo.

No, nadie lo conoce, nadie sabe la existencia que tiene y por qué vive en el espacio

 

El nombre es lo que da forma a la realidad, a la vida. Por eso, el yo lírico se plantea «si pudiera darle forma»:

 

El tiempo, amigo de todo lo nuevo, me traerá, una mañana, casi sin sorpresa

el nombre de esto, que ahora, yo no sé explicarme.

 

Por esa razón, en la búsqueda del significar, el paisaje se vuelve símbolo y el poema, simbólico. La naturaleza se vuelve un elemento significativo para la comprensión del poema. Leamos la primera estrofa de uno de los poemas de amor más logrados de Pino Ojeda, «Te entregabas como el alba»:

 

Te entregabas como el alba, sin miedo por el sol,

sin temores por su crudo volcán dorado.

Te entregabas como la lluvia hacia abajo, sin pena por lo que inundabas,

ahondando hasta la raíz tierna, sin reposo.

Te entregabas.

Eras todo tú como una llama sin fuego, ardiendo y muriendo.

Vibrando en el aire como la peonza en la mano inocente del niño,

ahora quieta, ahora desesperadamente volteando su carne.

 

Como el fruto en el árbol no parece tener el tono dialógico que se advertía en Niebla de sueño. No obstante, la poesía sigue buscando respuestas, ahora no en el sino en el mismo yo que pregunta. Además, «el amor que se busca con tanto denuedo ya no se personaliza de modo excluyente, sino que se orienta hacia la solidaridad, hacia el logro de un encuentro plural, colectivo» (Rodríguez Padrón, 1991:395). El amor en lo colectivo devendrá en el Dios que está y es en todo, aunque se busque en sus partes.

 

Aunque algunos críticos han venido a marcar grandes diferencias entre Como fruto en el árbol y La piedra sobre la colina, lo cierto es que son libros bastante cercanos. El primero se publicó en 1954 y el segundo, en 1964, aunque ya estaba compuesto en 1956 porque recibió el Premio Tomás Morales de Las Palmas. Aunque sigue inédita su novela Con el paraíso al fondo, seleccionada para el Premio Nadal en 1954, existe la posibilidad que su proceso creativo haya influido en la narratividad de estos dos poemarios. Este camino debería de ser explorado a partir de la lectura de la obra inédita. En La piedra sobre la colina, el yo lírico se esconde para poetizar sobre dos personajes que sienten su amor en el tiempo (presente) y en el espacio (la piedra). Este poema extenso, dividido en doce secuencias, parece un cuento en que el narrador omnisciente busca una reflexión en torno al amor que se profesan los personajes:

 

No detiene su carrera y avanza

sendero arriba, siempre la mirada

buscando otra luz. Toda su esperanza

 

está creciendo. Pero tal vez nada

encuentre más lejos. Solo acechanza

y dolor. Y siempre el alma cansada.

 

Como dijera Sebastián de la Nuez (1997:14), «en esta obra [La piedra sobre la colina] Pino Ojeda amplía su temática, aunque siempre de temple subjetivo y emocional, ahora expresando ideas contrapuestas: tierra-cielo, espacio-nada, tiempo-eternidad, amor-desamor». A estos binomios antitéticos habría que sumar el del diálogo-silencio, como eje de reflexión del que surgen las respuestas poéticas. El paisaje es, entonces, trasunto de los sentimientos. Por ello, es en este poemario donde se sigue y se amplía esa unión entre la materia y el cuerpo. Estamos ante la transición de la primera etapa de la poesía de Ojeda a la segunda, que culminará con El salmo del rocío (1993):

 

Todo al alcance del deseo trascendido

subiendo hasta iluminarse.

Desbordado como marea que sube y muerde

sin apenas herir

pero hundiéndose en la carne tibia de la orilla.

 

Todo presente.

Posible entre los dedos que se van alargando

hasta hacer brotar la llama

donde habrán de quemarse.

 

Qué allí todo.

Qué posible.

Lucha de ansias que se agrandan y purifican.

Lucha del amor por el amor que ya existe.

 

Todo viviendo.

Abrazándoles alma y materia.

Llenándoles de paz en la espera innumerable.

 

Qué luz en los ojos buscándose en la distancia.

Qué seguridad fluyendo por la vena

más fuerte del corazón

para que no se les destruya la esperanza.

 

El símbolo del camino como destino es capital en esta obra que fue escrita «desde un alma trágica, desde la conciencia de la imposibilidad del retorno» (Rodríguez Padrón, 1991). Esto explica el camino que ha de seguirse y la metáfora de la piedra en la colina como espera y descanso y que es, también, testigo del momento presente de lo que se vive. Así se expresa en los últimos versos de «Los citó la misma piedra», uno de los poemas más significativos del poemario:

 

Les cubrió la noche

sin apenas haber pronunciado sus nombres.

Y la piedra seguía allí, quieta, dulcísima.

Invitándoles a continuar el diálogo y el silencio.

 

El alba en la espalda (1987), «producto de una profunda crisis corporal y espiritual» (de la Nuez, 1997:14), nace de un verso juanramoniano: «ya te da el alba en la espalda», que resume muy bien ese tono maduro con el que Pino Ojeda vuelve a publicar veinte años después. La voz poética rememora el pasado que es ya lejano e inmodificable y se expresa a través de una angustia contenida que rodea los dos temas que le preocupan: el amor y, ahora ya más de cerca, la muerte. Por eso, las composiciones son sentenciosas, breves y sugerentes. Brotan de nuevo la fuerte sonoridad, la metáfora sugestiva y el «erotismo doliente» de Niebla de sueño. El poemario se divide en cuatro partes: Indefensión, La tristeza, La espera y La nueva luz; que parecen ser las cuatro estancias de la vida desde una óptica oscura y depresiva.

 

Indefensión abre el ciclo vital. Aparece el nacimiento como el momento en que el niño, fuera del vientre, está indefenso ante la vida, pues vivir es ir muriendo. No es del todo correcto interpretar que esta indefensión sea para el recién nacido, pues parece ser común a todo el humano que es frágil ante las adversidades. No obstante, es fundamental entender la posición de Pino Ojeda: no se queja, pues ha aceptado la vida y la muerte porque sabe que hasta en los páramos surge una brizna de hierba:

 

Como en el principio, naciendo

como la luz.

Con el balbuceo de criatura

minúscula que empieza

su andar sigiloso en el tiempo.

 

Con tus ojos aún cerrados

-desconocida imagen de mí misma-

ya voy a descubrirte

formar tu volumen de arcilla.

Hacer que empieces a desperezarte

ante la luz que te delata.

 

Ahora estás enfrente, indefenso,

moviendo tus miembros adormecidos,

dominado por unas manos

que te detienen.

No puedes hablar y tus labios

están colmados de preguntas.

Tus ojos no han visto la luz

y ya quieres desconocerla.

 

Qué ven más allá del silencio.

Qué paisaje entrevisto

te duele en ellos.

Por qué tu mirada absorta parece

ignorar la mía que te contempla.

 

Nada podrá evitar el grito de protesta.

Ya comienza tu vida.

Ha empezado tu muerte.

 

La tristeza es el estadio entre la vida y la muerte, antítesis que cobra gran importancia en esta parte. Acaso sea este sentimiento el que más ha marcado la poesía ojediana, pues la muerte del prójimo y la nuestra es motivo de tristeza. Adquiere gran importancia la fe que puede salvar de este profundo pozo sentimental.

 

La tristeza no tiene nombre

no puedes definirla.

Surge de improviso, como una inquieta

catarata espumante,

horada la noche por sendas

de futuro, azotando

la roca erosionada del corazón vacío.

 

Y quisiera subir a la esperanza,

cuando la garganta estalla y la voz

se mezcla con tu miedo y desamparo.

 

Pero la semilla sembrada

germina burbujas de odio,

señorean tu desvalido silencio.

Y vas cayendo hacia la niebla

frontera de la muerte

con tus alas mutiladas de luz.

 

La espera es el momento en que se sabe que la muerte anda cerca. Esta sensación parece el motivo creador de este poemario, en que el yo lírico confirma que «nada puede volver a ser. / Nada retornar [sic] al pasado / para olvidarme». Este estadio es el de madurez en que se retorna la vista atrás para reflexionar sobre la vida, ya que se asume que la parca anda cerca. Por eso, la voz lírica se revuelve en una protesta ante la muerte, que nos recuerda ese vitalismo y esa fuerza de la poesía de Pino Ojeda. Así se refleja en este poema:

 

Yo no quiero morir,

ser una piedra fría sin destino.

No quiero la agonía

de la carne muriendo.

Qué angustia en los ojos abiertos.

Qué tristeza en los labios.

 

No quiero ser un muerto más

bajo la tierra.

Los gusanos solo me sirven

de enemigos devoradores.

 

Me revelo, huyo

de este final que ya muerde mis pasos.

Llegará de la mano amiga

que ahora me salve.

Y caerá sobre mi cabeza

con un gesto blando. Hasta aniquilarme.

 

La nueva luz abre el mundo de la vida hacia la muerte, como «una nueva primavera». Pino Ojeda plantea la posibilidad de la muerte como un nuevo nacer, volviendo a ese primer poema que hemos leído de El alba en la espalda. Aunque dejemos atrás la luz de esta vida, la poeta se plantea la luz de una nueva. Su tono duro, cargado de certeza vital, no es capaz de imponerse a su esperanza. Esta es la razón por la que aparece en 1993 El salmo del rocío, en donde Dios es salvación ante todas las cosas.

 

El salmo del rocío ganó el XI Premio Mundial Fernando Rielo de Poesía Mística en 1991. En este poemario se culmina el proceso de la experiencia poética. Ya no interesan los sentidos, en especial el tacto. Por ello, tampoco le interesan a la poeta la adjetivación, la narratividad y el verso largo. Los adjetivos son precisos, pensados y sugerentes. Se despoja de todo el retoricismo que no permite desnudar la poesía hasta su expresión pura: ahora vehículo de comunicación con Dios. Ahora solo sirven el intelecto y la abstracción que a través de la fe y la espiritualidad acercan a la poeta a la comunión con Dios, un Dios panteísta siempre en esa visión ojediana. Como indicó Hernández Quintana (2003:122), en este poemario, «por fin ha encontrado el amor que buscaba, y lo ha descubierto en su interior». Una búsqueda que ya advertíamos en Como el fruto en el árbol (1954), donde en el poema «Que nadie espere tu mirada» ya se veía esa introspección que da origen a la plenitud del tú-Dios encontrado.

 

Ahora soy plenitud dentro de ti, pero en mí definitivamente encontrada.

Ahora tú me rodeas, me inundas, me sientes.

 

Así se plasma en una de las composiciones fundamentales de este poemario, «Llama», en que aparece ese símbolo erótico-místico del fuego. Recordemos los versos de Juan de la Cruz de «¡Oh llama de amor viva / que tiernamente hieres / de mi alma en el más profundo centro!», en los que el fuego espiritual ya no daña como el terreno.

 

Así eres como te amo,

tan inmenso

y de nada,

tan dentro de mis sueños

y siempre

tan perdido

y tan cercano,

tan dueño de la luz

en esta oscuridad

del alma

y tan oscuro

en esa forma

tuya

imprecisa del aire.

 

Así es como yo te evoco:

Pura llama entornada

que arde pero no quema,

llama sola,

absoluta,

impenetrable,

silenciosa,

suprema.

 

Como se refleja en el poema «Cuando digo tu nombre», la voz lírica va buscando a Dios y al Amor (ambos de cuatro letras) intentando darle nombre a las cosas, porque la parte representa el todo. Cualquier objeto o ser es Dios/Amor, pues todo es creación suya. La palabra es entonces vehículo de comunión con Dios-Todo y con el mundo, que es parte de él.

 

Las cuatro letras puras

y una sílaba

vinieron a ocuparme [...].

Cada flor, cada árbol

poseían tu nombre

y tú mismo eras árbol

de todo el universo [...]

 

Dios es omnipresente. Está en todas las cosas: en el alma, en la mirada, en el mundo; porque «todo lo eres tú, todo lo eres». El yo lírico va en busca de Dios en todas las cosas para descubrir «tu faz desconocida / una mitad de abismo / la otra mitad silencio». Una búsqueda en la que no importa perder los secretos al confesarse enteramente a Dios. Esto explica también el erotismo que subyace en la mística, pues se entrega lo íntimo, lo que solo puede conocer aquel que represente lo Absoluto. Es esta intimidad la que también se relaciona con el paisaje, pues solo los ojos que buscan individualmente encontrarán en él a Dios. El yo lírico se fusiona con el paisaje en su particular e íntimo sentir visual. Así ocurre en «En la ola más blanca»:

 

 

Cuando pienso

que tú puedas faltarme.

Tú y yo un solo agua,

un solo cauce.

No podrás caminar

aisladamente,

ni hallar un mar oculto,

ni un sol

estremecido

donde no esté

el aura,

mi nimbo de fervor

esperándote.

Míos

son estos mares

donde tú te reflejas,

míos son porque soy

tuya y en tu unidad

unida a ti

existo,

porque habré de estar

en las formas distintas

de las olas y espumas

de tu caudal insigne.

Agilidad de peces

poseerán

mis brazos por soñarte,

cuando en noches de luna,

río abajo

tus aguas

busquen lecho y remanso,

y yo estaré en la orilla,

en la ola más blanca,

esperándote.

 

 

Por tanto, El salmo del rocío representa la obra más optimista, pues está trazada por un tono esperanzador. Ya la voz lírica no se resigna a la realidad dolorosa que le tocó vivir, ya no le vale con aceptar ese dolor, pues ha encontrado en la espiritualidad y en la fe de todas las cosas cotidianas del mundo la salvación.

 

Por último, aparece de manera póstuma el poemario Árbol del espacio en 2007. En cuanto a la interesante trayectoria de Pino Ojeda, esta obra no parece arrojar nuevas luces sobre su última época, más bien parece la poetización de reflexiones autobiográficas, la poetización de todas las experiencias vitales que trazaron su existencia. Por ello, adquiere gran importancia para vislumbrar el pensamiento de la poeta y su recuerdo de lo pasado. Describe así varios estadios de su vida: Primer nacimiento. A los diez años. recrea la infancia y la curiosidad e inquietudes que surgen en ese momento, es el principio de las preguntas a las que el niño quiere dar respuestas; Primera muerte. A los veinte años. es el momento en que se conoce la muerte de cerca, parece ser aquel recuerdo del fallecimiento de su marido que fue núcleo temático de Niebla de sueño y el pensamiento que tanto la persiguió en el resto de su vida; Segundo nacimiento. A los veinte años. refleja esa lucha vital por imponerse a la muerte y a la debilidad espiritual; Segunda muerte. A los cuarenta años. se trata del descubrimiento de la madurez, del cansancio vital al que se debe sobreponer el humano; Tercer nacimiento. A los cuarenta años., la poeta empieza a apreciar las pequeñas cosas que le aporta la vida; Tercera muerte. A los sesenta años. se corresponde con la angustia de la muerte, que se acerca inexorable y se corresponde con el tono de El alba en la espalda; y, por último, Epílogo. A los ochenta años., esta parte parece escrita después de El salmo del rocío, pues ya se percibe esa necesidad de encontrarse con lo intangible (Dios) y descubrir el nuevo camino, que es la trascendencia. Esta obra adquiere un gran valor antropológico y extraliterario que nos permite entender mejor la obra de Pino Ojeda. Por esa razón, para concluir, hemos seleccionado este texto, el décimo de las catorce composiciones, que parece una suerte de poética que resume las preocupaciones de nuestra autora. Este poema viene a contestar, como toda la producción de Pino Ojeda, a sus preguntas angustiosas, porque su poesía es un hallazgo del ser.

 

 

Cierro los ojos. No ambiciono nada.

Brilla el sol, agosta árboles,

destruye simientes. Mi corazón

no oye el rugir del viento.

Estoy serena, en reposo. Sonrío.

Por qué y para qué lucha,

afán y esfuerzo. Para qué

acumular riquezas, sueños, ansias.

Tan ambiciosa entrega, para qué.

Qué ciega he sido. Cómo he caminado

tras las mismas promesas ya destruidas.

Ahora puedo sonreír.

Sutiles pensamientos surgen

de la penumbra, iluminando

la agobiadora sombra.

Qué gráciles separan

verdad y sueño.

Qué intensidad en la idea.

Desde mi mente parten

tiernos coloquios que van dando

vida al silencio.

Todo tiene su valor, su equilibrio.

Nada nace ni vive por sí mismo.

Lo creo y recreo

serenamente.

Camino despacio, viendo partir

los días, tan sugerentes, tan plenos

dentro de mi dominio.


Esta reflexión la leí el 6 de octubre de 2016 en las Jornadas Culturales "Pino Ojeda: pintora, poeta y editoracelebradas en el Ateneo de La Laguna. Si he dilatado su publicación, ha sido para recuperar de nuevo el nombre de la artista grancanaria (1916-2002) alejados ya del centenario de su nacimiento.


Bibliografía

 

Fagundo, A. M. (1995). Literatura femenina de España y las Américas. Madrid: Editorial Fundamentos.

García Fierro, C. «Pino Ojeda». En Academia Canaria de la Lengua, Archipiélago de Las letras. Recuperado el 26 de septiembre de 2016: http://www.academiacanarialengua.org/archipielago/pino-ojeda/quien/#start [ficha]

Hernández Quintana, B. (2003). Escritoras canarias del siglo XX. Las Palmas de Gran Canaria: Ediciones del Cabildo de Gran Canaria.

Hernández Quintana, B. (2004). Desde su ventana: antología de poetas canarias del siglo XX. Madrid: Ediciones La Palma

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Páez Martín, J. (1999) «Pino Ojeda y Pino Betancor». En López. E., ed., La poesía escrita por mujeres y el canon. III Encuentro de Mujeres poetas (pp. 177-198). Islas Canarias: Cabildo Insular de Lanzarote.

Rodríguez Padrón, J. (1991) «Aspectos de la obra de Pino Ojeda». En Rodríguez Padrón, J. Lectura de la poesía canaria contemporánea. (Tomo I, pp. 381-401). Islas Canarias: Gobierno de Canarias

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Comentarios: 1
  • #1

    Covadonga García Fierro (martes, 09 mayo 2017 21:41)

    Es un placer leer este artículo. Por el tema y por cómo está escrito. Gracias.