Natalia Litvinova. Cuatro poemas

Natalia Litvinova

 

Autobiografía

 

Septiembre de 1996: muchas noches sin dormir

después del traslado de Bielorrusia a la Argentina.

Ruido constante como una música que no cesa.

No se sabe de dónde viene.

Llega de todas partes.

 

Soñé que me crecía una segunda cabeza.

Tomé una aguja y la pinché como a un globo.

Mientras soltaba el aire dijo:

no podrás deshacerte de mí

porque no tuve cordón umbilical.

 

Enero de 1997: hace cuatro meses que vivimos

en un hotel familiar de la calle Congreso.

Nuestras cosas caben en una habitación.

Tenemos diccionarios, dos sillas y una mesa plegable.

En la planta baja un grupo de mujeres

se depila las piernas sobre la mesa de la cocina.

Las espío desde la escalera.

Con la gillette alisan sus extremidades.

Rechazo tanto como envidio su poder y desenfado.

 

Alguien robó las cucharas que trajimos de Gómel.

Mi madre intenta explicárselo a la encargada del hotel.

Mueve las manos, dibuja en el aire.

La encargada limpia sin sacarse

el cigarrillo de la boca.

 

Vuelve la marea del insomnio. Como un pulpo

suelto tinta para defenderme.

 

9 de septiembre de 1996: el avión de Aeroflot

aterriza en Buenos Aires. Tengo 10 años, mi hermano 13,

mis padres casi 50 y no saben pedir.

 

Anotación sin fecha en la primera página

de la agenda de mi madre: “Es posible

que me hayas querido ver de rodillas.

Pero no me rendí.

Y eso que acá no me esperaba nadie”.

 

La policía llama desde Rusia.

Le piden a mi madre que reconozca el cuerpo

de su hermana por teléfono. Ninguna de las víctimas

se le parece, aunque tengan el cabello rubio

y un tatuaje en la cadera.

 

Huertos que desbordan de frutos,

limpiadores de chimeneas,

pescadores del río Sozh, iglesias vacías,

rezadores, el abedular, 

arreglen mis pesadillas.


Los silencios de Casandra

Hay belleza en el castigo, ese arrecife

contra el que rompe nuestra vergüenza.

Arrastrada hacia el fondo del establo

me empujan contra las ortigas

y no permiten que me levante.

Pero el orgullo no se arrebata.

Permanezco en silencio,

mi mayor esfuerzo es no gritar,

la voz contenida rasga la garganta.

Frotan mi cara con la nieve,

yo no grito, a los agresores

también les duele.

No se ruega ni se pide,

el dolor se va

y esa voz atragantada

podría ser tu don.


Flores de Chernóbil

 

Nuestros hombres comienzan a extinguirse,

nadie sabe por qué las mujeres resisten más.

Mi padre llora al sacrificar a un animal

mientras mi madre cambia el empapelado de las paredes.

No nos dejan exponernos al sol, empalidecemos

como flores que crecen bajo la nieve.

Huimos al bosque, lejos de este edificio,

yo con mi blusa infantil y mi hermano con su remera lisa.

Qué ganas de volver al lugar donde nacimos

y correr con los brazos extendidos,

limpiar el aire como uno de esos aviones

que arrojan espuma

sobre el sarcófago humeante.


Siberiana

 

Miro hacia adelante y soy como el paisaje

en el que nací, donde las mujeres son felices

lavando ropa en el río y la escarcha arrasada

por la corriente les raspa la piel.

 

Llevo la sangre de las mujeres 

que vuelven a casa enrojecidas

como si ocultaran un amor.

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Comentarios: 3
  • #1

    Pedro (miércoles, 29 junio 2016 16:48)

    Hermoso el último poema. Sensual, perfecto. Las consonantes cantan.

  • #2

    marta kelly (domingo, 31 julio 2016 09:33)

    "y esa voz atragantada podría ser tu voz"!...lo es!! ése es el secreto! gracias por convertirla en don y entregarla!!

  • #3

    Ulises (miércoles, 21 junio 2017 00:41)

    El primero y el último me encantaron. Qué delicia de voz.