Antonia Huerta Sánchez. Dos poemas

Antonia Huerta Sánchez

                           Al final del verano


Hay muchos otoños en el malvís que llega

desde el Norte,

al final del verano.

Quizá no sienta falaz este sol

que chorrean las hojas.

En la infancia había que lanzarlas una a una,

mojándonos la cabeza de otoño.

Sobre la sumisión del tiempo tan cíclico y oscuro,

era como vendar la savia a nuestros brazos,

injertarnos un tibio resplandor amarillo,

seco, definitivo e insaciable.

Cualquier refugio que recordase al verano,

las camisetitas cortas, los tirantes,

el sorbete de limón,

algunas veces el mar,

se alejaba en el silencio de la noche.

¿Dónde estaban las cigarras?

El amor inexplorado no sabía de tragedias,

ni de los tórax exhaustos de tanta música,

ni de la miseria del después.

 


Markou Mpotsari, 21

 

Cuando vuelvo con la quietud propia

de los que refrendan los días extintos

sobre aquella calle, estrecha y lúcida

en mi recuerdo,

sobre sus naranjos amargos que férreos

estiraban las lindes de mi mundo,

que dejaban rodar sus frutos por el suelo,

que esparcían a la ligera el dibujo

del ocaso y enmendaban las heridas

del invierno,

ya no dudo del amor que nos dimos,

de lo excesivo y banal en las despedidas.

 

Mientras el barrio de Dafne amanecía

en la terraza se abría el mar como un bostezo

deshelando los límites de la noche,

agitando las ropas recién tendidas,

elevadas sobre mástiles invisibles

como si expuestas al Levante tuvieran

que ofrendar ya su blancura a la carne

ignorante y fúnebre de las sombras.

 

Luego un paseo por el bullicio de Vouliagmenis,

una barra de pan con sésamo y dos besos,

en la plaza Kalogeiron acechaba la boca

del metro, los ladridos de muchos perros

que vivían en sus calles, ocupando su sitio

entre las mesas y las sillas de Dioniso.


 

Era ese paréntesis de motocicletas y coches

el que rompíamos volviendo a Markou Mpotsari,

al azahar suspendido cuando abril escribía

sobre los naranjos verdes

y era obligado correr a su encuentro,

asida a tu mano al principio del día,

sin más destino que el amarte siempre.

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