Cuatro poemas de Sergio Barreto

Sergio Barreto

En casa del hombre humilde

viven trajes grises,

cerraduras melancólicas,

cucharillas.



De las esquinas cuelgan paraguas

que funcionan a merced de la intemperie,

cortinas gastadas

por el tacto helado del mundo,

                                                   cenefas rotas.

No hay rastro de abalorios

en casa del hombre humilde.



La piedra es piedra,

no iglesia, puño de usura,

fundación,

aunque sí templo,

monasterio cabal,

                             refugio.



Porque en esa casa es otra la riqueza,

otro el equipaje que transportan

sus viejos moradores.



En casa del hombre humilde

descansan los pucheros

para el próximo día,

la fortuna se conforma

con aceite y hortaliza hervida,

el amor sonríe,

                         entreteje madejas,

llora a veces.



En casa del hombre humilde

hay agua caliente.



* * *



Odio los puentes,

las alturas salvadas

a base de piedra, metal, retorcimientos.



Odio los extremos abruptos

que el hombre concilia con sus manos,

pues son sus manos las que tiemblan

y de este temblor

su futuro y sus obras descienden.



Odio la unión de las orillas,

la necesidad de avanzar

por encima y más allá

de los desfiladeros.



Odio los puentes,

sea cual sea la profundidad que evitan,

la soledad que empatan,

las patrias que funden.



Los odio,

sencillamente,

con dureza y náusea verdaderas.



Que nadie trate de vendérmelos

con sus amantes y candados,

parisinos o con ríos

que van a dar a donde nada vuelve.



Que nadie razone la razón de sus contornos,

no quiero saber ni siquiera sus nombres,

el grado de belleza de sus arcos,

la materia que los hizo.



Sólo se extienden

por encima del mundo,

quiebran fronteras

que nosotros no inventamos

y hacen peligroso al que fluye, tropieza,

cae

      y ya no almuerza.



* * *



Este es el camino,

me arrodillo,

hundo en mis manos la tierra,

profundizo,

                   hay lombrices.



Este es el camino,

estas sus médulas,

pensaría un poeta

que se deja arrastrar

por la raíz sagrada

de la materia.



Yo, no obstante, sólo sé

este es el camino,

me arrodillo, se abre

la máquina del mundo:

lombrices, escarabajos,

detritus,

              una calavera.



* * *



Cansado de insípidos maestros,

loros académicos

y ancianas de carácter confesor,

la biblioteca era el lugar,

el único lugar donde erigir

un cuartel de luz invulnerable.



El edificio de corte Bauhaus,

las palabras oscuras, pesarosas

del funcionario alcohólico

y la sabiduría

recorriendo las estancias

en grandes ficheros numerados

que iban de Adorno a Zaratustra.



Cuántas horas mi cuerpo

quebró algo más que su belleza

perdiendo el aire a golpe de soneto

que no iba más allá de la pirueta.



Imposible construir un pensamiento

sin la biblioteca como fondo

de esos años luminosos

en los que uno creía en el idioma

narcótico y salvaje

de todos los demonios.



La veo en octubre contra el cielo

inflamado de lluvia,

en junio cuando la abuela

sucumbió en silencio ante la nada

y por vez primera me sufrí

igual que un hombre sin su máscara.



Sí, biblioteca pública,

oigo ahora tus vértices,

el acero impenetrable de tu rostro,

tu mármol y tu vidrio y te pregunto:



¿Cómo permanecer en los cauces del estilo,

no traicionar lo abstracto, el humus poético,

la tradición órfica del grillo

que perfora la luna

y arruina metáforas;
cómo hacerlo, dime,

si ahí estás,

concreta y blanca

junto a la autovía furiosa,

mole de aristas sofocantes

que coronas un campus aséptico,

inaccesible

para aquellos jóvenes del año

                                                   1984?



El olor a papel herido de tinta,      la iluminación de Rimbaud,

a quien consideré mi espejo en otro siglo,

la sentencia dorada de Horacio,

los oscuros crespones

en las palomas de Auden,

el hombre que se sufre solamente

y al que llaman Vallejo de raíz César.



Anaqueles ocultos

en remotos rincones

donde nos encontrábamos, cada tarde,

adolescentes infectados

de bohemia francesa,

                                     cicuta,

cigarrillos.



Cómo permanecer, te pregunto,

siendo aquel otro todavía

(el de pelo claro y silencio mucho)

si ahora pienso lejanías y apareces

en el centro más espeso de la noche,

biblioteca distante, pasillos huecos

de silencio armado;

                                  cómo ser, dime,

el joven que quiso, con fiereza,

vivir de vocación,

                             luz arrebatada,

 

música de esferas.

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Comentarios: 5
  • #1

    Mario Domínguez Parra (viernes, 03 octubre 2014 13:45)

    Extraordinario poeta.

  • #2

    R. (sábado, 04 octubre 2014 00:17)

    Extraordinario.

  • #3

    José Mario Domínguez Jorge (lunes, 06 octubre 2014 22:08)

    Magnífico su dominio del idioma poético? Extraordinario su vocabulario que apabulla e intimida. Grandísimo poeta; al cual no había leído. Es verdad, que porque no me había llamado la curiosidad. Algún libro hay en mi casa de mi hijo Mario que rebuscaré y lo leeré. Enhorabuena.

  • #4

    Rubén Mettini (viernes, 17 octubre 2014 14:27)

    El poema que dice "Odio los puentes" lo escuché en su intervención en Poetas en Serie, además la conductora del programa, Rosa Ramos, citó estos versos en varias ocasiones.
    Es un gusto ver que cita a Rimbaud, a César Vallejo o a Auden, poetas que también fueron mi compañía en diversos momentos de mi vida. Enhorabuena por su poesia.

  • #5

    C. G. F. (domingo, 22 febrero 2015 04:19)

    Muy buenos!!!!