De parte de la poesía. Notas de un poeta crítico

Miguel Casado

 “El mayor problema reside no en el saber cómo hacerlo, sino simplemente en el hacerlo”

Lu Ji1

 

Ahora que llevo treinta y cinco años escribiendo crítica y ensayo sobre poesía, me doy cuenta de que considerar el viejo problema de cómo se relacionan en la misma persona la escritura del poeta y la del crítico ha sido una de las vías mejores de mi aprendizaje (permanente aprendizaje), una de las que me han concernido más en lo personal y me han obligado más en la reflexión. Porque no valía con encontrar buenas fórmulas que parecieran resolverlo, pues se iba a mantener ahí, con la exigencia de realidad que la vida práctica tiene. Y aquí sigue.

 

Me gusta pensar que el punto de vista común a todos los aspectos de mi escritura –poesía, crítica, ensayo, traducción– es el de poeta. De algún modo íntimo, creo que es así; pero, si me pregunto en qué consiste este punto de vista, cómo se concreta (cómo, por ejemplo, actúa cuando estoy escribiendo otra cosa distinta de poemas), no me sería fácil responder. Sé que estas notas tampoco supondrán una respuesta; pero querría, al menos, que expresaran la forma que han ido adquiriendo estas preguntas a lo largo del tiempo y mis reacciones más insistentes y asumidas ante ellas.

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Cáscaras, los últimos relatos de Juan José Delgado

Víctor Álamo de la Rosa

Tres meses antes del óbito del escritor, salía de imprenta, gracias a Tito, el ejemplar editor de la editorial Baile del Sol, Cáscaras, el último libro de Juan José Delgado (1949-2017). Estamos ante un volumen donde el autor agavilla veintidós relatos, de variable extensión, pues incluye hasta un microcuento. Juan José Delgado publicó cuatro novelas, cinco libros de poesía, dos libros de cuentos y numerosos ensayos, artículos, reseñas y antologías de gran importancia para poder cartografiar críticamente la literatura canaria, desde Galdós a nuestros días.

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Entrevista a Juan José Delgado

Daniel María

Fotografía cedida por María Teresa de Vega´
Fotografía cedida por María Teresa de Vega´

Sinesio Domínguez Suria me comentó semanas atrás que Juan José Delgado (Valle de San Lorenzo, Arona, 1949) es el Domingo Pérez Minik de nuestros días. La observación me dejó perplejo unos segundos, porque su contundencia no dejaba de ser una acertada observación. Juan José Delgado es, quizás, el erudito más comedido de la literatura canaria, por su talante integrador y su discreto proceder. Con la timidez de los sabios, el escritor y profesor de literatura es uno de los baluartes de la intelectualidad de las Islas y un firme candidato al Premio Canarias de Literatura.

 

Post scriptum (P.S.): Al recuperar esta entrevista, publicada en 2013 en la revista digital Papirucucus, siento que vuelvo a dialogar, como tantas veces, con el profesor y amigo. Juan José fue un descubrimiento en la carrera de Filología Hispánica. Un hombre sensato, atento y amable, que escuchaba a los alumnos con la misma pasión con que impartía sus asignaturas. De su mano cursé Realismo y Vanguardia en la literatura española y un cuatrimestre dedicado exclusivamente a Juan Ramón Jiménez. Un día de lluvia, mi amiga Kateryn y yo llegamos empapados al aula. JJ -así lo llamé siempre, y así permitió que lo llamara- sonrió al vernos entrar, como si hubiéramos llegado de rodar la escena final de Desayuno con diamantes. Recuerdo esa sonrisa, disimulada pero evidente, que dibujó en otras ocasiones. Aquel día dedicó la clase a un solo verso de Juan Ramón: Mi corazón es un paisaje de campo. Tiempo después, cuando descubrí su poesía, el Valle de San Lorenzo, su pueblo natal, completó sus enseñanzas en el aula. Nunca retiró el corazón de aquel espacio donde sus padres cultivaban sombritas, como escribió en un verso de El libro de la intemperie (Ediciones Idea, 2005).

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Breves notas sobre Los cielos que escalamos, de Juan José Delgado

Yeray Barroso Ravelo

Fotografía cedida por María Teresa de Vega
Fotografía cedida por María Teresa de Vega

Existencia es camino para construir la esencia del yo. Así lo entienden existencialistas como Sartre, quien considera que empezar a existir supone lanzarse hacia el porvenir siendo consciente de ello. Esta idea la defiende en El existencialismo es un humanismo. Si el tiempo juega en contra de todo ser, como manifiesta el poema que abre Los cielos que escalamos, el último poemario que publicó Juan José Delgado (“El lugar que por circunstancias ocupamos es el tiempo: / de suyo es consumir la ración estricta de lo que vive”), todo el trayecto vital no sería más que ir quitándose todo lo accesorio con objeto de llegar a ese porvenir, que, sin embargo, desde su propia sustancia asume la idea que bien percibió Ángel González: “Te llaman porvenir / porque no vienes nunca”. Pero si toda existencia viene dada por la búsqueda de lo que nunca llega, cabría asumir, como Camus, el absurdo, el peso que supone ser consciente de lo que la vida es. Esto podría llevar, sin duda, a una posición pesimista. Aunque pueda parecerlo, no sucede así en la línea temática de los poemas que analizaremos. Hay una gran luz en la aparente oscuridad del tono premonitorio de quien reconoce su final.

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