Acordes a la entrada del bosque. Notas de diario, 1998

Iván Cabrera Cartaya

DICIEMBRE

 

MARTES, 1. —Sobre cualquier final sólo queda una luna enorme y una calle fría y estrecha que no da a ningún lugar, jeroglíficos de la lluvia.

 

 

MIÉRCOLES, 2. —Hay que luchar por la palabra del que no tiene voz y por el pan del que tiene hambre. Lavan mi cuerpo aguas de una sangre muy vieja. Estas palabras mías de cada noche se quedan siempre entre la sombra y la luz, frente a los desplegados ojos de búho de mi insomnio y un tablero de ajedrez en el que sólo ha quedado, donde sólo ha podido quedar el rey. Jaque mate. El consuelo esta noche no seduce a nadie, ni siquiera a mí.

 

 

DOMINGO, 6. —No soy carne de acera, pero cruzo calles borrachas de alcohol quizá buscando un raro o imposible vestigio de inocencia, la mía, la que tuve alguna vez.

 

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«SABES el nombre que te dieron, no sabes el nombre que tienes» (Libro de las evidencias).

 

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LEO la novela Todos los nombres (1997), de José Saramago, publicada el año pasado; pero me parecen mejores Ensayo sobre la ceguera (salvo las cien primeras páginas quizá), El evangelio según Jesucristo, La balsa de piedra o El año de la muerte de Ricardo Reis.

 

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LAS penas fingidas tienen lágrimas cuadradas.

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Un manual de «desaficciones»

José Aníbal Campos. Ror Wolf

El peregrino (2017), José Aníbal Campos
El peregrino (2017), José Aníbal Campos

Convivimos con ficciones. Y no solo con las ajenas. Las ficciones nutren e infectan nuestra vida, nos representan en público y pueblan nuestra esfera más íntima, como las bacterias y otros microorganismos. Nuestras vidas se construyen en torno a invenciones, a transfiguradas narraciones de hechos a las que recurrimos para hacernos más soportable una existencia física y espiritual que se manifiesta de forma frenética y fractal, una existencia que, en esa caótica manifestación, supera las posibilidades clasificatorias y de control de nuestra mente. La ficción es el intento por poner cierto orden en ese privado caos universal. Recurrimos a ella para darnos y dar alegrías, para engañarnos y engañar, para medrar y protegernos en la convivencia con otros hombres.

 

Lo anterior puede parecer una perogrullada, pero lo cierto es que son pocas las personas dispuestas a reconocer y admitir el elevado porcentaje de ficcionalidad que impregna sus historias vitales. La fe imperturbable en las ficciones propias es, a la vez, sostén y carga explosiva en nuestras vidas. Es la viga maestra, la pared de carga: tiene el doble poder de mantener en pie y, llegado el momento, hacer que todo se venga abajo sin dejar rastro.

 

Entender esto, y aceptarlo, va a resultar fundamental de cara al cambio de paradigmas que se avecina, que casi se ha instalado ya entre nosotros y se manifiesta en tantos aspectos de la vida social, especialmente en el desmontaje que van sufriendo ciertas tradicionales delimitaciones binarias como verdad-mentira, privado-público o realidad-fantasía. 

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La herida perpetua: notas para una lectura de Primavera que sangra, de Andrea Abreu López

Covadonga García Fierro

Dar por hecho que el cuerpo de la mujer es observado con naturalidad en el siglo veintiuno, que los tabúes y prejuicios sexistas están superados, es una pretensión tan ingenua como irreal. Prueba de ello es que las madres no puedan dar el pecho a sus bebés en público o que, por ejemplo, en determinados países esté prohibido que la mujer haga topless en la playa. De ahí que contribuciones como la que hace Andrea Abreu López al tratar literariamente el tema de la menstruación con total libertad constituyan un esfuerzo más que debemos valorar en esa lucha constante por alcanzar la igualdad real entre hombres y mujeres. Porque la igualdad solo será alcanzada cuando no exista violencia simbólica1, cuando el cuerpo de la mujer en su totalidad sea verdaderamente contemplado como lo que es, naturaleza, y en la mirada hacia el otro –en este caso la otra– no quede atisbo alguno de represión o censura.

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Texturas de un telar atlántico*

Víctor Rodríguez Gago

I

El lugar de Domingo Rivero en la tradición poética canaria me parece doblemente problemático. Primero, por lo controvertido de la noción misma de “tradición poética canaria”. Pensemos en las Endechas a la muerte de Guillén Peraza, nuestra primera manifestación literaria. ¿Son un hecho aparte de la lírica medieval española o representan apenas una variación, un matiz de sentido por la aparición del sentimiento del paisaje insular? Pensemos, por ejemplo, en la primera mitificación de la selva de Doramas en Cairasco. ¿Relato fundacional de la naturaleza insular, o una formulación más del tema clásico del locus amoenus adaptada al paisaje insular canario?

 

Segundo, por la dificultad de inscribirlo en unas coordenadas historicistas. Lejos de identificarse con los signos y las preocupaciones de su época, Domingo Rivero mantuvo con esta una relación crítica. Su condición de escritor tardío y su decisión de no publicar sus propios poemas contradicen lo que se espera de un hombre de letras para la mentalidad finisecular. Domingo Rivero no es un poeta romántico, a pesar de compartir edad con los autores de la Escuela de La Laguna. Tampoco abraza las novedades que agitan la poesía entre los siglos XIX y XX. Nuestro poeta es un crítico del progreso, un crítico de la subjetividad, un crítico de la trascendencia de la poesía. Si Rivero es un poeta moderno, el primero de nuestra tradición, lo es a fuerza de una actitud crítica. Como señala Octavio Paz en La otra voz1 , la crítica es el rasgo distintivo y la señal de nacimiento de lo moderno. “Poeta del repliegue”, llama Antonio Puente a Domingo Rivero en este ensayo. Un repliegue crítico, es decir, radicalmente moderno y radicalmente insular.

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