En memoria a Juan José Delgado: texto colectivo

Varios autores

Juan José Delgado. Imagen cedida por María Teresa de Vega
Juan José Delgado. Imagen cedida por María Teresa de Vega

 

Hemos reunido aquí algunas voces de quienes han compartido la suerte de encontrarse a Juan José Delgado iluminando el camino de la literatura y de la vida; palabras de agradecimiento, inspiración, deuda y otros tantos recuerdos e impresiones dedicados a su memoria.

 

 

 

 

JUAN JOSÉ DELGADO, ESCRITOR ATLÁNTICO 

Víctor Álamo de la Rosa

Juan José Delgado fue un humanista en el más amplio sentido de la palabra, es decir, a la antigua usanza, cuando sabíamos que un humanista es aquel que confía plenamente en la cultura como motor de salvación de la humanidad, tal y como expuso en su discurso de ingreso en la Academia Canaria de la Lengua, titulado, precisamente, “Literatura, Humanismo, Educación”. Juan José Delgado destacó como novelista, poeta, ensayista, profesor y promotor de revistas y suplementos literarios. Fue un escritor de esos que se sienten tan sinceramente recompensados con la escritura misma que siempre huía de actos o distinciones. Tímido, discreto. Su labor intelectual, crítica, es sin embargo crucial si se quiere entender el discurso de la literatura canaria contemporánea. Creía firmemente en el poder de redención de la cultura. Sabía que es imperioso rehumanizar el mundo para que el mundo sea mundo habitable y sabía que el ser humano, si no quiere pasarse la vida desnortado, necesita educación, sentido de la cultura, más humanidad. Ese era el principal legado que ofrecía y que nunca olvidaremos.

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Buscando respuestas

Cecilia Domínguez Luis

A Juan José Delgado, i.m.

 

«Pienso que la literatura que he podido publicar expresa mi idea del mundo. La del mundo íntimo e interior, además de la del ancho y ajeno.»

 

Estas declaraciones las hacía Juan José Delgado en el año 2002 y aparecen en el libro de retratos de Daniel Mordzinski, De palabras y de rostros.

 

A estas y otras palabras en las que habla de la literatura «como antídoto para cualquier coincidencia que se sienta envenenada», las acompaña una foto del escritor en el Camino Largo de La Laguna. Un pie sobre un banco. Apoyado sobre su rodilla, con las manos cruzadas, Juan José mira hacia un lugar indefinido. Hay cierto esbozo de sonrisa en sus labios, como si temiese sonreír del todo. Alguien, una mujer, a su espalda, se aleja, borrosa.

 

No sé si ahora, al ver que voy a escribir sobre él, sonreiría más abiertamente, pero con esa ironía tierna que siempre caracterizaba su sonrisa, como quien no se lo cree.

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Acordes a la entrada del bosque. Notas de diario, 1998

Iván Cabrera Cartaya

DICIEMBRE

 

MARTES, 1. —Sobre cualquier final sólo queda una luna enorme y una calle fría y estrecha que no da a ningún lugar, jeroglíficos de la lluvia.

 

 

MIÉRCOLES, 2. —Hay que luchar por la palabra del que no tiene voz y por el pan del que tiene hambre. Lavan mi cuerpo aguas de una sangre muy vieja. Estas palabras mías de cada noche se quedan siempre entre la sombra y la luz, frente a los desplegados ojos de búho de mi insomnio y un tablero de ajedrez en el que sólo ha quedado, donde sólo ha podido quedar el rey. Jaque mate. El consuelo esta noche no seduce a nadie, ni siquiera a mí.

 

 

DOMINGO, 6. —No soy carne de acera, pero cruzo calles borrachas de alcohol quizá buscando un raro o imposible vestigio de inocencia, la mía, la que tuve alguna vez.

 

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«SABES el nombre que te dieron, no sabes el nombre que tienes» (Libro de las evidencias).

 

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LEO la novela Todos los nombres (1997), de José Saramago, publicada el año pasado; pero me parecen mejores Ensayo sobre la ceguera (salvo las cien primeras páginas quizá), El evangelio según Jesucristo, La balsa de piedra o El año de la muerte de Ricardo Reis.

 

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LAS penas fingidas tienen lágrimas cuadradas.

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Un manual de «desaficciones»

José Aníbal Campos. Ror Wolf

El peregrino (2017), José Aníbal Campos
El peregrino (2017), José Aníbal Campos

Convivimos con ficciones. Y no solo con las ajenas. Las ficciones nutren e infectan nuestra vida, nos representan en público y pueblan nuestra esfera más íntima, como las bacterias y otros microorganismos. Nuestras vidas se construyen en torno a invenciones, a transfiguradas narraciones de hechos a las que recurrimos para hacernos más soportable una existencia física y espiritual que se manifiesta de forma frenética y fractal, una existencia que, en esa caótica manifestación, supera las posibilidades clasificatorias y de control de nuestra mente. La ficción es el intento por poner cierto orden en ese privado caos universal. Recurrimos a ella para darnos y dar alegrías, para engañarnos y engañar, para medrar y protegernos en la convivencia con otros hombres.

 

Lo anterior puede parecer una perogrullada, pero lo cierto es que son pocas las personas dispuestas a reconocer y admitir el elevado porcentaje de ficcionalidad que impregna sus historias vitales. La fe imperturbable en las ficciones propias es, a la vez, sostén y carga explosiva en nuestras vidas. Es la viga maestra, la pared de carga: tiene el doble poder de mantener en pie y, llegado el momento, hacer que todo se venga abajo sin dejar rastro.

 

Entender esto, y aceptarlo, va a resultar fundamental de cara al cambio de paradigmas que se avecina, que casi se ha instalado ya entre nosotros y se manifiesta en tantos aspectos de la vida social, especialmente en el desmontaje que van sufriendo ciertas tradicionales delimitaciones binarias como verdad-mentira, privado-público o realidad-fantasía. 

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