Cáscaras, los últimos relatos de Juan José Delgado

Víctor Álamo de la Rosa

Tres meses antes del óbito del escritor, salía de imprenta, gracias a Tito, el ejemplar editor de la editorial Baile del Sol, Cáscaras, el último libro de Juan José Delgado (1949-2017). Estamos ante un volumen donde el autor agavilla veintidós relatos, de variable extensión, pues incluye hasta un microcuento. Juan José Delgado publicó cuatro novelas, cinco libros de poesía, dos libros de cuentos y numerosos ensayos, artículos, reseñas y antologías de gran importancia para poder cartografiar críticamente la literatura canaria, desde Galdós a nuestros días.

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Entrevista a Juan José Delgado

Daniel María

Fotografía cedida por María Teresa de Vega´
Fotografía cedida por María Teresa de Vega´

Sinesio Domínguez Suria me comentó semanas atrás que Juan José Delgado (Valle de San Lorenzo, Arona, 1949) es el Domingo Pérez Minik de nuestros días. La observación me dejó perplejo unos segundos, porque su contundencia no dejaba de ser una acertada observación. Juan José Delgado es, quizás, el erudito más comedido de la literatura canaria, por su talante integrador y su discreto proceder. Con la timidez de los sabios, el escritor y profesor de literatura es uno de los baluartes de la intelectualidad de las Islas y un firme candidato al Premio Canarias de Literatura.

 

Post scriptum (P.S.): Al recuperar esta entrevista, publicada en 2013 en la revista digital Papirucucus, siento que vuelvo a dialogar, como tantas veces, con el profesor y amigo. Juan José fue un descubrimiento en la carrera de Filología Hispánica. Un hombre sensato, atento y amable, que escuchaba a los alumnos con la misma pasión con que impartía sus asignaturas. De su mano cursé Realismo y Vanguardia en la literatura española y un cuatrimestre dedicado exclusivamente a Juan Ramón Jiménez. Un día de lluvia, mi amiga Kateryn y yo llegamos empapados al aula. JJ -así lo llamé siempre, y así permitió que lo llamara- sonrió al vernos entrar, como si hubiéramos llegado de rodar la escena final de Desayuno con diamantes. Recuerdo esa sonrisa, disimulada pero evidente, que dibujó en otras ocasiones. Aquel día dedicó la clase a un solo verso de Juan Ramón: Mi corazón es un paisaje de campo. Tiempo después, cuando descubrí su poesía, el Valle de San Lorenzo, su pueblo natal, completó sus enseñanzas en el aula. Nunca retiró el corazón de aquel espacio donde sus padres cultivaban sombritas, como escribió en un verso de El libro de la intemperie (Ediciones Idea, 2005).

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Breves notas sobre Los cielos que escalamos, de Juan José Delgado

Yeray Barroso Ravelo

Fotografía cedida por María Teresa de Vega
Fotografía cedida por María Teresa de Vega

Existencia es camino para construir la esencia del yo. Así lo entienden existencialistas como Sartre, quien considera que empezar a existir supone lanzarse hacia el porvenir siendo consciente de ello. Esta idea la defiende en El existencialismo es un humanismo. Si el tiempo juega en contra de todo ser, como manifiesta el poema que abre Los cielos que escalamos, el último poemario que publicó Juan José Delgado (“El lugar que por circunstancias ocupamos es el tiempo: / de suyo es consumir la ración estricta de lo que vive”), todo el trayecto vital no sería más que ir quitándose todo lo accesorio con objeto de llegar a ese porvenir, que, sin embargo, desde su propia sustancia asume la idea que bien percibió Ángel González: “Te llaman porvenir / porque no vienes nunca”. Pero si toda existencia viene dada por la búsqueda de lo que nunca llega, cabría asumir, como Camus, el absurdo, el peso que supone ser consciente de lo que la vida es. Esto podría llevar, sin duda, a una posición pesimista. Aunque pueda parecerlo, no sucede así en la línea temática de los poemas que analizaremos. Hay una gran luz en la aparente oscuridad del tono premonitorio de quien reconoce su final.

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Pero, damas y caballeros, la escritura falsea la realidad

Sabas Martín

Fotografía cedida por María Teresa de Vega
Fotografía cedida por María Teresa de Vega

La realidad subvertida en la novelística de Juan José Delgado

 

UNO.- En Canto de verdugos y ajusticiados (Premio Novela Corta Ciudad de La Laguna 1988, Libertarias, Madrid, 1992) Juan José Delgado se adentraba en las múltiples implicaciones, existenciales y literarias, que irradian de la afirmación puesta en boca de uno de los protagonistas de la novela: “La escritura es un desierto, y el escritor un hombre perdido que se deja guiar por los espejismos”.

 

Con una escritura de amalgama o serie de relatos entrelazados, que se contemplan y reflejan, que se complementan y, en ocasiones, se contradicen deliberadamente, el escritor canario puebla ese desierto de la escritura con una parábola irónica de la literatura y su supuesta condición de espejo cierto que retrata la realidad. Su propuesta es una mantenida indagación en la que se cuestiona no solo la labilidad de las fronteras entre lo verdadero y lo verosímil, entre lo experimentado y lo imaginado, entre la imagen y sus espejismos, sino que, aún más allá, a través de un complejo y sabio entramado, el autor se interroga desde la misma escritura y la relación que en ella y con ella establecen sus personajes, sobre el propio proceso de la creación literaria.

 

Todo ello, llevado a cabo con una esencializada concepción del clima, el tiempo y la densidad narrativos, cuya más inmediata exigencia se traduce en un intenso tratamiento del lenguaje. Y con un plano de implicación añadida a la escritura al utilizar la ironía, ya sea caricaturesca, paródica o grotesca, como instrumento de un sistema de valores crítico.

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