Todo es tiempo: Los cielos que escalamos, de Juan José Delgado

Sabas Martín

Desgajados de la primigenia comunión con el universo para existir igual que un humano meteoro transeúnte y errante; condenados a la vida en la tierra (quizás como consuelo que alivie o como miel que disfraza el amargor); despojados del paraíso por una “mente trastornada” (la de un dios que crea el edén y, sin embargo, expulsa al amor), ¿qué nos vale entonces? ¿Qué nos dejan en lo hondo esos cielos que anhelamos, cuando el tributo que hay que satisfacer para volver a ser cielo es la mortalidad? ¿Qué resta de esa ontológica cisura?... Queda la consciencia de la finitud. Queda la certeza de la caducidad en la incertidumbre. Queda el saberse ser en el tiempo y que el tiempo devora lo que vive. 

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Diego Quintero: un hilo nuevo trenzado de poesía y filosofía

Diego Quintero. Introducción de Antonio jiménez Paz

De los poetas más jóvenes surgidos en Costa Rica, la escritura de Diego Quintero podría ser un buen ejemplo de cómo con un único libro publicado puede demostrarse –con riesgo estético incluido, muchísimo-- que el equilibrio poético primero, su acierto, depende antes que nada del control sobre una detonación arrasadora, que se puede aportar revulsión –de entrada consigo misma-- partiendo de una visión sesgada sobre la realidad, consciente y adrede. Estación Baudelaire, su libro, no se arredra en sus intenciones: ya desde el mismo título se nos presenta, más que como una tendencia poética, como la construcción de un mundo en el que la belleza no está solo en ella misma, también en lo que no es ella, o donde ella anda ausente por alguna razón extraña, una maldita razón, siguiendo el patrón de la simbología baudeleriana. Desde esta óptica sorprende su madurez: el libro no busca aceptación sino presencia rotunda. El poeta se presenta y a continuación desaparece. Luego viene lo de estación: entrada y salida de pasajeros. Por cierto, muy ilustres en el libro de Quintero, conectados por su parentesco de ideas o proximidad cultural --cultural de formación-- como rayos que atravesaron la necesidad de saber del poeta, ayudado por ellos para bucear más allá de la primera verdad que transmiten las cosas. Diego Quintero canta de esta manera la belleza hasta en su propio espanto, su vacío. No resulta fortuita cualquier justificación para coincidir en esta estación cómplice de escritura. Un primer libro como un festín de culturas, de riqueza verbal asombrosa y construcciones de versos corroídos ya por pasiones subcutáneas de extraña índole, pero que ante un posible naufragio Estación Baudelaire, como libro iniciático, se supera a sí mismo, lleva a buen puerto sus riesgos intencionales primeros, sus dificultades previas. Uno de los principales embates del que sale airoso el poeta es de doble pirueta mortal: el del riesgo formal, que en el fondo resulta un homenaje a la deformidad, espejo del mundo. Todo en él persigue lo mismo. El libro remite a un lector voraz detrás de su autoría, borracho incluso de literatura, un observador extraordinario del entorno y de su propia memoria. Diego Quintero, nacido en Taskent (Uzbekistán) en 1990, luego residente en Suecia hasta establecerse en Costa Rica a los doce años de edad, país de acogida en el que fue publicado su libro en 2015, sabe reunir imposibles, sueños decomisados, astros que alumbran con luz propia. Y organizar con todo ello una fiesta: erudición, extravagancia y dolor están garantizados. Un hilo delicado trenzado de literatura y filosofía los hilvana. Pensamiento y Poesía de la mano quizá sea mucho decir. O acaso sea lo que haya que decir, un libro al que no le interesa la insustancialidad como modo de vida. 

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Al Berto. Tres poemas

Al Berto. Traducción de Antonio Arroyo Silva

cuerpo

 

cuerpo

que te sea leve el peso de las estrellas

y de tu boca irrumpa la inocencia desnuda

de un lirio cuyo tallo se extiende y

ramifica más allá de los cimientos de la casa

 

abre la ventana mírate

deja que el mar inunde los órganos del cuerpo

fuego se propaga en la punta de los dedos y toca

levemente lo que debe ser preservado

 

miro mis manos y leo

lo que el viento norte escribió sobre las dunas

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Cuatro poemas de Zumbido (2017), de Noé Lima

Noé Lima

MADRE

 

 

Cuánto daría

porque la luz fuera luz

y el asfalto

un espejo donde reflejarnos.

 

Ricardo Bórnez

 

 

Las abejas también cantan el Ave María.

Se aproximan al líquido corazón de los parques;

en esas casas vacías,

es esos jardines de humo en las catedrales,

en esos cementerios

donde el sol siempre se alimenta de lágrimas

y abrazados gritos de piedra

de cuando te buscaba.

 

Hagan lo que hagan las madres,

siempre dejan

la amargura colgada en los domingos,

la ropa interior,

la marea temblorosa de los floreros,

las camas arropadas de los velorios.

 

Las madres siempre me recuerdan a la mía.

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